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Elogio de la merienda en invierno

Los platos son más pequeños que los de postre y los cubiertos, son eso, los de merienda. Pocas cosas hay que den tanto bajón como dividir un pastelito de limón con el cuchillo del entrecot.

Y ahora viene el lío, que aumenta según lo que vayamos a beber, pero en esta ocasión nos centraremos exclusivamente en el té.

La ceremonia de esta bebida es en todos los países que la practican, desde China hasta los tuaregs, un acto de bienvenida y de amistad que tiene sus tiempos. Los ingleses, tan prácticos ellos, adoptaron el té como si fuera suyo y cuentan con un instrumental de precisión para prepararlo, desde la kettle —donde calientan el agua en su punto justo— hasta coladores, medidores o jarritas para cada cosa.

Lo ideal, dicen los entendidos, es servirlo en tetera de barro, porcelana o plata. Para ello hay que calentar antes la tetera con agua caliente, tirarla y poner en seco una cucharadita de té por persona, se tapa un minuto, se añade entonces el agua caliente, pero controlando que no esté hirviendo, y se deja reposar. Los frikis sirven primero la leche (siempre fría) y después el té, que los puristas toman sin azúcar.

Elogio de la merienda en invierno

La bebida se acompaña con tostadas, sándwiches, pastas, bizcocho o pastelitos. Pero, ¡cuidado!, los croissants nunca se deben mojar en el té como si fuera un chocolate, y jamás lo sirva con churros. Otro aspecto que no hay que olvidar es que absolutamente todos los acompañamientos que estén encima de la mesa se deben poder tomar con la mano, nunca con cuchillo y tenedor.

Así como el ritual de la merienda, el del té no solo ha de tenerse en cuenta en el ámbito privado. Pedir un té es, sin duda, la prueba del nueve en cualquier establecimiento público que se precie. No hay nada peor que un restaurante, hotel o cafetería con pretensiones donde no lo sepan servir. Una vez pedí un té con leche en una cafetería muy conocida de Madrid y me trajeron la tetera con leche caliente y un saquito dentro. ¡Sin comentarios!

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