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Las clases particulares, el oscuro camino al éxito para las nuevas generaciones

Esade acaba de publicar un estudio, "El gasto en educación en la sombra ('Shadow Education')", en el que subraya cómo la inversión en clases particulares en España se ha triplicado entre 2006 (246 M€) y 2017 (732 M€), coincidiendo con la gran recesión. Advierte de la posibilidad de que esa educación adicional “caiga en el parasitismo de la educación formal en lugar de suplementarla”, y de que puede “generar dinámicas muy perversas. Por ejemplo, en algunos países, los profesores se guardan parte de sus materiales para sus propias clases particulares”.

La desigualdad en la educación aumenta, concluye el informe, “porque sólo las familias más pudientes pueden permitirse invertir masivamente en tutores privados y en otros servicios aún más sofisticados del cada vez más variado sistema de educación en la sombra”. En el caso español, “el gasto de los hogares con mayor presupuesto (los que están en el 20% de hogares que más gasta) es cinco veces mayor en clases particulares que el quintil de hogares de menor gasto (Q1)”. En resumen, las clases particulares, en la medida en que dependen de los ingresos de las familias, y en tanto que cada vez hay menos capital disponible para la mayoría de ellas, se están convirtiendo en un bien de lujo.

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Desde edades tempranas

Este hecho es muy relevante hoy, en la medida en que “allí donde existen exámenes muy competitivos de acceso a la educación secundaria o a la educación superior, la ‘educación en la sombra’ aparece con fuerza y crece imparable”. Las clases particulares son, para muchas personas, un instrumento que permite que sus hijos no se queden rezagados en determinadas asignaturas, una forma de fomentar su capacidad en algunas disciplinas o una manera de adquisición de nuevo conocimiento. Pero lo que nos subraya el estudio es que ahora esas clases son necesarias para alcanzar un estatus competitivo que les garantice acceso a buenas escuelas o universidades. Además de esa clase de exámenes y de mecanismos de selección, lo cierto es que las carreras profesionales son cada vez más exigentes, y el acceso a los mejores trabajos suele estar vedado a las personas con mejor expediente académico de un número reducido de universidades y de instituciones educativas. La preparación adicional se convierte en muy importante desde edades tempranas si se quiere pertenecer a ese grupo cuya trayectoria profesional se adivina brillante.

"La agenda fundamental de la 'educación en la sombra' es aprobar y destacar, no necesariamente aprender"

El problema se complica porque, además de este mecanismo de selección de élites, se vive una contracción en las posibilidades del resto. La cualificación académica no lleva aparejada la posibilidad de contar con un buen salario, ni siquiera de ser empleado en el sector del que se posee un título. El encaje entre la formación recibida y los trabajos disponibles es cada vez más complicado, a veces en forma de salarios bajos o muy bajos, en ocasiones en forma de imposibilidad de acceso. Por eso, la clase de educación que se recibe, aquella que se puede afrontar económicamente, es especialmente significativa: ya no marca el acceso a los lugares de privilegio, sino la simple posibilidad de trabajar, es decir, de hacer valer el dinero, el esfuerzo y el tiempo invertidos. Esa es la desigualdad, la que se deriva de pocos puestos muy bien pagados, muchos mal pagados, y el paro de fondo.

Por supuesto, no se trata de que este tipo de educación aporte un mayor conocimiento, lo que ocurre ocasionalmente. Como advierte el informe, “la agenda fundamental de la educación en la sombra es aprobar y destacar, no necesariamente aprender. Esto, obviamente, no implica que no pueda contribuir también a la agenda del aprendizaje, y así es seguro en muchos casos. De hecho, es habitual que la ES se publicite como la opción que ofrece al estudiante la calidad de enseñanza que la escuela formal supuestamente no tiene capacidad de darle. Aun así, el aprendizaje no es su objetivo primordial, por lo que no sería descabellado sugerir que la ES está más al servicio del credencialismo que de la calidad del aprendizaje”.

La mentalidad que se aprende

Este énfasis en el credencialismo es algo que buena parte de las clases medias, medias bajas y trabajadoras no terminan de entender. La premisa es que este es un mundo de competencia, de lucha, de pelea por bienes y por puestos escasos. Llegar a los entornos afortunados requiere de esfuerzo, pero, sobre todo, de una mentalidad de pelea, de sentirse entre los elegidos, o de aparentar que se está entre ellos. Pero esa mentalidad hay que aprenderla, no se forja con 20 años, sino desde la infancia: el mundo es guerra, tú eres un guerrero y uno poderoso.

Esa buena educación que insistía en que había que mostrar humildad y moderación en el éxito es hoy una fuente de perjuicio profesional

Es una mentalidad hostil para buena parte de la población, que sigue creyendo que resulta fundamental el esfuerzo para contar con el conocimiento adecuado, así como desarrollar la inteligencia para saber utilizarlo; cree que, con desempeñar bien una tarea y ser capaz de solventar los problemas que se plantean en la realización cotidiana, se poseen las cualidades esenciales para contar con una trayectoria profesional decente. Cada vez es menos así. Incluso en algunos ámbitos, esas son las características que expulsan de la profesión.

Además, esas clases populares todavía no acaban de comprender que su forma de pensar, esa que entendía como prueba de buena educación mostrar humildad en los logros, atemperar la exhibición del éxito y actuar responsablemente en los errores, es precisamente la que causa perjuicios profesionales. En un mundo de competición, las apariencias son importantes, y por eso son cada vez más frecuentes quienes exageran sus méritos, alardean de cualquier mínimo mérito o agrandan su posible futuro, aunque lo hagan con la voz templada. Y, cuando no les es posible vender humo, señalan y critican a los demás: esa actitud les hace quedar como superiores, o eso pretenden transmitir. Por desgracia, en la medida en que se quiera tener éxito en la vida, se está cada vez más obligado a jugar este juego; por eso ha proliferado tanto.

El precio que pagamos

Poseer las credenciales adecuadas, aprender los códigos correctos y contar con las conexiones precisas (a menudo heredadas) resulta esencial para que la carrera funcione y, para ello, lo esencial no es el conocimiento, siempre secundario, sino las habilidades relacionales. Los guerreros actuales las manejan con soltura.

Pero todo esto tiene un precio, socialmente notable. Con esa preparación y esa mentalidad, los mecanismos de selección de élites se debilitan de una manera sustancial, no es posible tampoco el ascenso de nueva savia, y la parte de arriba de la sociedad tiende a coagularse. El resultado último, como definía William Deresiewicz en su libro ‘Excellent Sheep: The Miseducation of the American Elite’, es el de crear “borregos excelentes”, esa clase de personas que “priorizan la autoexaltación, el estar al servicio de uno mismo, que buscan una buena vida pensada solo en términos del éxito convencional (riqueza y estatus) y sin ningún compromiso real con el aprendizaje, el pensamiento o con convertir el mundo en un lugar mejor”.

El resultado es un mundo aplanado y gris, del cual la sociedad se aleja, y que es incapaz de ofrecer soluciones a los problemas sistémicos

Buena parte de los problemas de nuestra sociedad tienen que ver con unas élites cuadriculadas, incapaces de salirse de los esquemas aprendidos, de los lugares comunes, que generalmente son aquellos que les han abierto las puertas. Es mucho más fácil ascender si haces lo que te dicen, sigues los ‘habitus’ del espacio en el que te desenvuelves, aprendes las normas implícitas y recitas el pensamiento que circula por ellas. En esas circunstancias, hemos criado a nuestras élites, y la decadencia española tiene mucho que ver con sectores de la economía, de la política y de la intelectualidad que son incapaces de pensar por sí mismos y que analizan las situaciones en función únicamente de sus intereses. Y, cuando van más allá de su situación personal, se limitan a repetir las ideas dominantes entre las élites internacionales, a las que aspiran a pertenecer; en esencia, repiten la ortodoxia, que eso no les perjudica nunca, y a menudo les beneficia. Ocurre en todos los ámbitos: en el político es evidente, en el intelectual resulta muy preocupante y en el económico muy dañino. El resultado es un mundo aplanado, gris, pobre, del cual la sociedad se aleja cada vez más, y que no es capaz de ofrecer soluciones a los problemas sistémicos. Y ahí radican buena parte de las tensiones políticas, económicas y culturales de los últimos tiempos.

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