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Nunca es tarde para Roberta - Juárez

Conocí a Roberta hace unos tres años. A primera vista me pareció una mujer adusta, pero solo bastaron unos minutos para saber que no era así.

Éramos compañeras en un taller literario y en la segunda sesión, cuando leí su trabajo, pensé que era una escritora frecuente, con experiencia y buena técnica, que deseaba escribir sobre la vida de su hermano, tema al que dedicó todo el tiempo que se extendió el taller.

Cuál sería mi sorpresa, y con ello nace mi admiración, al saber que era novel y que esos encantadores textos eran algo así como su debut en las letras.

Con el transcurso del tiempo, mi interés por ella y su historia personal fue creciendo, hasta que se dio la oportunidad de sentarnos a tomar un café y charlar sobre esta mujer, ejemplo de superación y amor a la vida.

Amante de las letras

“Estoy haciendo la prepa abierta, se me complican las Matemáticas, la Química y un poco la Informática, pero lo voy a lograr, imagínate que aprendí a leer a los 6 años con el periódico con el que se hacían los cucuruchos en que te daban las cosas en las tiendas del pueblo. En aquella época, tener libros era como tener un tesoro, mi papá me enseñó el abecedario en aquellos pedazos de papel y con eso me inicié en las letras”.

“Nací en Durango, cerca de El Progreso, en la antigua Hacienda Los Pinos, ahí crecí, en el cerro, lejos de la civilización. Mi papá era agricultor, así que nuestra vida estaba en el campo”.

“Mi papá era viudo cuando se casó con mi mamá, así que tengo siete medios hermanos mayores y dos menores que yo. De niños vivíamos lejos de todo, él rentaba la tierra de la exhacienda para sembrarla. La casa más cercana a la nuestra estaba a dos kilómetros, por eso creo que tengo este gran amor por la naturaleza, recuerdo que me enterraba en los surcos, ¡para sentir el contacto de la tierra!”, y esa fue la vida que Roberta conoció hasta los 7 años, cuando la mandaron un tiempo con su abuela para que fuera a la escuela.

Nunca es tarde para Roberta - Juárez

“Me sentí aprisionada, a los pocos meses me regresaron a mi casa, donde nos quedamos hasta que cumplí 9, nos mudamos a Progreso por tres años y regresé a la escuela, así que al cumplir 12, terminé el cuarto año de primaria y hasta ahí llegué, porque mi papá consiguió nuevas tierras y volvimos al campo”.

Una oportunidad para superarse

Cuando tenía 17, una de sus medias hermanas convence a su papá de vender todo y venir a vivir a Ciudad Juárez, “cuando yo nací, mi papá tenía 71 años y mi mamá 28, así que cuando llegamos a Juárez él ya tenía 88 y la ilusión de que venía a descansar, pero eso estaba muy lejos de la realidad, pronto nos quedamos sin dinero y tuve que ponerme a trabajar, vendía cosas puerta por puerta, vajillas, artículos de limpieza y empecé a hacer trabajos de costura”.

“Me casé a los 32 años y tuve a mi hija a los 35. Cuando estaba embarazada empecé a trabajar en una casa de modas por la Lerdo, como me había separado de mi marido, necesitaba un ingreso fijo, ahí duré cinco años. Era un trabajo muy absorbente y aprendí alta costura, hasta que un día mi hija me dijo que quería que yo la cuidara, cosa que había hecho mi mamá desde que nació y lo dejé. Entré a trabajar a la cocina de una tienda comercial y seguí cosiendo los fines de semana”. Y reflexiona: “quiero tanto a mi hija, estamos muy unidas, haría cualquier cosa por ella, en aquel entonces y siempre”.

Años después, una clienta le presenta a quien sería su pareja por 20 años, quien recientemente falleció, “vivimos juntos varios años, hasta que mi mamá enfermó y regresé a su casa para cuidarla, él lo comprendió, seguimos juntos, cada quien en su casa, hasta el día que murió”, me comenta con pesar.

Dueña de su historia

Ahora con la madurez de su edad, la vida le trajo un regalo: descubrió los talleres literarios y en ellos la posibilidad de hacer realidad uno de sus más preciados sueños, contar historias, sus historias.

Y déjenme decirles que cuando lo haga, porque seguramente lo hará, les aseguro que seré de las primeras en leer lo que Roberta escriba, porque la fluidez de su narrativa es excepcional y la profundidad de sus historias atrapa al lector, y eso que apenas está aprendiendo a pulir lo que por naturaleza tiene: talento literario.

Por el momento sigue cosiendo, vive con su hija, su perro y sus gatos, se prepara para concluir la preparatoria, ayuda a las vecinas y sigue tomando talleres de literatura, porque es una mujer de una pieza y pone todo su empeño en hacer que sus sueños se tornen realidad. ¿Y saben qué? La admiro profundamente.