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Nota debajo de la puerta a Mercè Rodoreda | ctxt.es

“Leave,

O leave me to my sorrows!”

William Blake

Señora Rodoreda, disculpe el atrevimiento, sé que la molesto allá dónde esté. Sé que la molesto desde este otro lugar, a usted que está del otro lado de la verja, quién sabe exactamente dónde, quizás entre aguas verdes del color de un escarabajo iridiscente, quien sabe si cercada de glicinas, o junto a un laurel que llora. Eso sí, la imagino rodeada de flores, porque las flores en su literatura son exactamente igual que las joyas, son exactamente como las palabras, son exactamente iguales al cuerpo. Las rosas color carne de la señora Teresa, las corolas que devora aquella chica sin nombre que tanto sufre, los pétalos de geranio blanco que son los dientes de Balbina, la mimosa que hace estornudar a Crisantema cuando se enamora. Todo son flores, todo son palabras, todo son joyas.

Por cierto, cómo sufren las mujeres en sus textos. Me lo decía mi madre cuando descubrí su literatura, debía tener yo diez años, en una de esas ediciones naranjas de Edicions 62 que corrían por casa. Mi madre decía “cómo sufren esas chicas”, cuando yo releía obsesivamente El carrer de les Camèlies y contemplábamos a Silvia Munt en la tele llorando en La plaça del Diamant y decíamos “cómo sufre la Colometa” y yo intuía, pero aún no sabía, que en ese sufrimiento había algo que quedaba, algo petrificado, duro pero reluciente, exactamente igual que un diamante, exactamente igual que la perla gris y rosada con la que entierran a Salvador Valldaura.

No fue hasta hace poco que leí sus cartas a Anna Murià y entendí de dónde salían esas mujeres de ojos llenos de agua ginebrina, que contemplan el horizonte de los lagos y ven, así, pasar su vida. No fue hasta que leí aquellas palabras suyas en las que relata el esfuerzo de coser y escribir, coser y escribir, y los ojos secos y la rabia y la pobreza que intuí cómo todo ese carbón y toda esa miseria habían cristalizado en esas protagonistas que, desde París, añoraban tanto Barcelona que prefieren atiborrarse de pasteles de nata y galletas de vainilla antes que renunciar a un amor pasado que ya no volverá pero que corta la carne y hace rechinar los dientes hasta partirlos en dos, igual que el primer día.

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Aún así, debo confesarle que los detalles de su vida nunca me han importado demasiado. Yo, que siempre quise conocer hasta la última migaja que incumbe a los ídolos, nunca he sentido ningún tipo de curiosidad por si fue usted mejor o peor persona, qué hizo o con quién. Me basta con comprender a través de su escritura que amó y perdió. Solo así se puede haber escrito “Abans de morir”, quizás el más largo de sus cuentos, de aparente sencillez pero que contiene un mundo entero, y que marcó mi educación sentimental literaria. Una mujer sin nombre, una amante invocada, un final de venganza. Todos sabemos que las historias se escriben para vengarse, ¿verdad, señora Rodoreda? No hace falta que me conteste, aún no.

A veces pienso que alguna gente ha preferido su imagen dócil de anciana entrañable porque sus escritos de belleza, flores y exceso les han molestado siempre. Como si escribir no fuera huir de tanta, tanta guerra. Como si sus textos no hubieran tenido compromiso, intelecto, hambre. No querría molestarla rebatiendo estupideces. Su pena, su deseo y su pesar son exactamente iguales a esa flor negra, esa de la que usted habla, que se parece a un clavel rizadísimo cubierto de un barniz igual al de siete pozos y siete noches de las más largas. Su pena es tan profunda y la belleza de las palabras tan inmensa que no tiene sentido perder el tiempo, como no lo perdió usted. “Quisiera plasmar los espasmos lentísimos de un brote cuando sale de la rama, la violencia con la que una planta expulsa la semilla...”, explicaba y detallaba cómo dar relieve a cada palabra es lo único que realmente funciona. Resaltar cada palabra, pulir cada joya. Con esa explicación está todo dicho, no necesito más. El resto está en su escritura, que se contiene a sí misma y no requiere más que sus palabras, que son sus joyas, que son sus flores.

Perdóneme, señora Rodoreda, si esto le supone un quebradero de cabeza. No querría molestarla, lo hicieron muchos antes que yo, como aquel escritor tan famoso, quizás el más famoso de todos, que dicen se le presentó en la puerta de casa totalmente anonadado después de leer una de sus novelas, esperando conocerla. No tiene que abrirme la puerta a mí, faltaría más. Por eso prefiero dejarle esta nota debajo de la puerta y usted ya la leerá cuando pueda, no querría importunarla. Está bien así, prefiero imaginarla después de tanta vida, quien sabe si sonriendo, con una botella hecha de cristal y plata, rebosando de vino tinto (ya sabemos que el vino hace sangre), rodeada de jazmín estrellado y dalias que parecen de seda.

Sólo quería preguntarle, y disculpe si la molesto, ya sé que la desmesura no le gusta y hasta ahora sólo he hablado yo, pero: ¿cómo lo hizo para escribir así? ¿Cómo demonios lo hizo?

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(Traducida del original en catalán.)