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Nuevatribuna publica los relatos ganadores del Premio Abogados de Atocha

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Todos los años la Fundación Abogados de Atocha convoca el Premio Internacional de Narrativa Joven Abogados de Atocha al que concurren un buen número de relatos, escritos por jóvenes menores de hasta 35 años llegados desde todos los rincones de España y un buen número de países latinoamericanos.

Este año, en las inmediaciones de la conmemoración del asesinato de los Abogados de Atocha, cuando se cumple 45 años de aquel 24 de enero en que un grupo de pistoleros ultraderechistas asaltó la sede del despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha 55 y abrió fuego matando a cinco personas y dejando heridas a otras cuatro, la Fundación Abogados de Atocha ha vuelto a dar a conocer los relatos ganadores del Premio, en su V edición de 2022.

Por cortesía de la Fundación, Nuevatribuna publica los tres relatos ganadores del certamen literario.

El jurado del Premio Abogados de Atocha, compuesto por escritores, sindicalistas y patronos de la Fundación ha elegido los siguientes relatos:

Primer Premio: ‘Infierno’, de Cristina Pozo Palenzuela, con domicilio en Valladolid.

Segundo Premio: ‘El fin de las barandillas’, de Pablo López Camiña, con domicilio en Oviedo.

Tercer Premio: ‘Cánticos justicieros’, de Carmen Galván Bernabé, domiciliada en Alicante.

Los tres relatos son muy distintos y abordan temas muy diversos. Desde los efectos irreparables de una guerra, a la desigualdad social escenificada en las barandillas de las viviendas, hasta la independencia de la justicia por encima de la opinión pública, o los juicios paralelos de los medios de comunicación o las masas encendidas.

Los tres relatos responden al reto marcado en cada convocatoria en cuanto a la libre elección del tema, debiendo tener, en todo caso alguna relación con los valores de la justicia, la solidaridad, la libertad, o la igualdad, que defendieron los Abogados de Atocha.


INFIERNO

El horror.

Ya no sentían. Ya no estaban. Ya no eran. Sólo fantasmas. Almas en pena condenadas por los pecados que no cometieron.

El río estaba cubierto de cuerpos calcinados, flotantes cual nenúfares de carne. Se estaban disolviendo como la sal en un agua que parecía petróleo. Una lluvia negra como el azabache agujereaba sus huesos como si fueran plastilina.

Hana siguió avanzando, presa del pánico, del desconcierto, de la desesperación y de la soledad. Una figura sin rostro, que avanzaba a torpes saltos sobre la pila de cenizas que cubría el suelo, se le acercó con los brazos extendidos. Aunque un retazo de irracional racionalidad en su secuestrada mente le advirtió de que podía ser un jiangshi, ella ni cambió su trayectoria ni aceleró el paso. Toda la vida que quisiera arrebatarla ya había desaparecido minutos ha. Sólo quedaba una carcasa vacía que andaba por mera costumbre.

A la luz de un antinatural destello azul que inundó todo el erial, no tardó en darse cuenta de que reconocía a aquel supuesto monstruo sin cara; y de que estaba estirando los brazos para evitar que la piel, que le colgaba a tiras, tocara el suelo. Aquel muerto viviente había sido Tadashi, su vecino. Tenía cinco años.

—A... ayuda...

Hana se giró lentamente y comprobó que, efectivamente, la mano que le estaba agarrando del tobillo no era una ilusión. Su dueño, tendido sobre los escombros, tenía las orejas derretidas, y sus ojos estaban desprendiéndose de las órbitas.

—Agu... a... gua... —graznó.

Su voz, nacida de unas entrañas a la vista, no daba ningún indicio de haber sido humana. Alguien había abierto las puertas al infierno, y arrojado a sus llamas a todos aquellos millares de inocentes. Esa era la única explicación plausible ante semejante carnicería, semejante suplicio, semejante atrocidad. Eso, si había alguna explicación plausible. Si alguien hubiera preguntado a Hana si creía que eso era el infierno, habría respondido que no. El infierno no podía ser tan malo.

—Señora Uchida...

Pero, justo mientras pensaba que sólo el peor de los demonios podría tener la llave del apocalipsis, vislumbró un helicóptero estadounidense perdiéndose en el horizonte...

—¡Señora Uchida!

La voz de la recepcionista arranca a Hana del pasado. A 50 años y millones de nacimientos después del infierno. El suficiente tiempo como para que el organismo estatal de gestión del paro, en cuya una de sus oficinas se encuentra, se llame “Hello Work”. No el suficiente como para que a Hana no le invada un escalofrío oyéndolo, como con todo lo que está en inglés.

La recepcionista, con su meliflua voz impregnada de pintalabios rancio y sus diminutos ojos clavados en los evidentes tumores de Uchida, explica lenta y claramente, como si se dirigiera a un animal:

—Por lo que consta en su expediente, usted no ha llegado a trabajar un periodo mínimo de seis meses ni tiene asignada una residencia permanente. Lamento comunicarle que, debido a la ausencia de ninguna actividad laboral en su historial, no está usted autorizada a solicitar ninguna subvención por desempleo... y mucho menos por jubilación.

Hana frunce su deformada boca en una fina línea. “No me habéis dejado hacerlo”, escupe sin palabras. “Como tampoco me dejasteis casarme, tener amigos o hijos. Nadie quiere contratar al infierno, nadie quiere casarse con el infierno, nadie quiere ser amigo del infierno, nadie quiere reproducirse con el infierno. Y vosotros no tenéis menos culpa que los americanos. Así, conseguís lo que queréis: que el infierno no pueda salir de nosotros”.

Cuando está a punto de preguntar si conoce algún comedor social que acepte hibakushas (que les acepte de verdad, no haciendo su estancia tan imposible que se vean forzados a irse), una náusea teñida de sangre se adelanta a su lengua.

La recepcionista se levanta de un solo salto que aplasta sus tacones, y, con el índice extendido como el látigo de un domador, brama histéricamente:

—¡Váyase de aquí! ¡¡¡AHORA!!!

Hana recoge sus pertenencias, no más que algún que otro rastro de su honor perdido; y abandona Hello Work. Al menos, ha dejado de tener delante ese manga que la recepcionista escondía furtivamente detrás del mostrador: un shojo de una quinceañera que va en busca de un futuro brillante a Nebraska.

Con el sangrado de sus desgarradas encías como recordatorio de una promesa tardía, avanza por el Puente Aioi con su bufanda raída ondeando cual cometa por el cielo; un cielo que aún la sorprende ver azul, y no rojo muerte.

—Ambos llevamos el infierno en nuestras venas —susurra, mientras acaricia los barnizados hierros—. Pero a ti te restauraron.

Hana posa sus ojos en el río Ōta, en sus aguas claras, ahora limpias de cadáveres. Su abrazo debe de ser frío, envolvente y estático. Plácido. Todo lo contrario al infierno.

Sin prisa pero sin pausa, arrastra cada uno de sus sobredimensionados pies sobre los alambres del puente, hasta que se alza de pie sobre la barandilla. Los gritos de centenares de transeúntes no se hacen esperar:

—¡Señora, no se tire!

Pero ninguna mano se alarga para sujetarla, y las súplicas no tardan en remitir. Pese a que la ciencia lo haya desmentido cientos de veces, la creencia de que la radiación es contagiosa sigue extendiéndose como un cáncer, tan silencioso e incurable como el de ella. Y un hibakusha menos es algo menos de infierno en el mundo.

Uchida cierra los ojos, y, cayendo en la misma posición de cruz del compasivo dios al que los liberadores del infierno adoraban, se pierde en la oscuridad del Ōta.

Mientras empieza a sumergirse, cree distinguir en las negras profundidades los cuerpos de su familia, de sus compañeros de clase, de su novio; de todas las personas que perecieron en aquella fatídica mañana de agosto de 1945, cuyo único crimen fue nacer en Hiroshima, y cuyo castigo no impediría al mundo de construir casi 15000 bombas nucleares más...

... ella también lleva muerta desde entonces.

Cristina Pozo Palenzuela



EL FIN DE LAS BARANDILLAS

En aquel entonces, la vida no era exactamente como lo es ahora. Quizás, la gran diferencia era que no existían las barandillas en los balcones, aunque sí existía la creencia de tenerlas, de modo que eran bastante habituales las caídas hacia la calle de gente que creía estar apoyándose en sus bonitas barandillas. Pero, lo que era verdaderamente ridículo era el hecho de que las barandillas de los balcones de las casas se hubiesen convertido en una forma de demostrar el estatus social de las familias y su poder económico. Esto hacía que fuese fundamental tener claro cómo era tu barandilla, para poder describirla ante los demás con todo detalle sin entrar en incoherencias con el paso del tiempo. Así, las familias se reunían una vez a la semana para repasar la descripción de sus balcones, a fin de evitar contradicciones entre ellos, en lo que se convirtió en una especie de ritual conocido como “la hora de la barandilla” (o “la hora de la rambarde”, como decían los burgueses de la época, en alusión a que era un invento francés y, de paso, mostrar sus dotes lingüísticas). En el Movimiento por la Barandilla (conocido como MoBa) la denominábamos “la hora del balconing”, en una evidente declaración de principios contra la sociedad de clases ya que, en esa época, las clases más pudientes vivían en los primeros pisos de los edificios, por lo que sus caídas no resultaban tan peligrosas como las de los pobres que vivían a quince metros de altura. El MoBa, además, recordaba siempre que el simple hecho de dedicarle tiempo a imaginar cómo era tu barandilla suponía en sí mismo un acto burgués.

Lo que definía el poder de las familias era el número de barandillas, el material con el que estaban hechas y su decoración. La descripción de la barandilla debía ser minuciosa pero creíble, aunque el mero hecho de que no existiesen las barandillas hacía que, a priori, cualquier cosa pudiera ser válida. Técnicamente cada uno podía decir lo que le viniese en gana, porque no había ninguna legislación que te limitase a la hora de describir tu barandilla, ni ningún comité de arquitectos que elaborase un estudio de viabilidad al respecto. De hecho, esto se utilizaba para explicar que las barandillas representaban el valor imaginativo y artístico de las familias y no la cuestión económica, como defendíamos desde el MoBa. Sin embargo, como explicaba la brillante historiadora irlandesa Ashley Walsh en su famosa tesis “Barandillas y lucha de clases: de la rambarde burguesa al balconing obrero”, se habían establecido una serie de lógicas en función del poder económico de cada familia, que imponían un conjunto de restricciones sobre lo que cada uno podía tener o no en sus balcones. Si una familia obrera que trabajase en una fábrica textil, pongamos por caso, fuese contando que su barandilla estaba hecha de cristal traído de la región checa de Bohemia y que llevaba unas decoraciones que imitaban exóticos animales de la sabana africana, era evidente que mentían porque era imposible que se hubiesen podido permitir tal lujo. De esta manera se consiguió que, al final, las familias más pobres tuviesen todas más o menos las mismas barandillas, y la imaginación quedaba para uso y regocijo de la alta sociedad. Por tanto, las imaginadas barandillas lo que definían no era la creatividad de las familias, sino su posibilidad de ser o no creativas.

Yo era de una familia muy humilde. Mi padre era zapatero (y, a decir verdad, no era de los mejores de la ciudad), mi madre ama de casa y además a veces hacía arreglos de sábanas y cortinas por encargo. Mis padres tuvieron tres hijos. El primero de ellos se cayó por el balcón a los ocho meses. Después vino una niña y, un año después, llegué yo. Teníamos sólo un pequeño balcón al que se accedía desde el salón, que coincidía justo en el centro de la fachada del edificio, que tenía siete plantas. El balcón tenía cincuenta y cinco centímetros de ancho por un metro de largo. Nuestra barandilla era también humilde, como era de esperar. Cuando mis padres se casaron y se fueron a vivir allí, determinaron que su barandilla tendría una altura de sesenta centímetros, pero después del fatídico accidente de su primogénito, mi madre decidió que tendría ochenta y cinco centímetros, para mayor seguridad. La barandilla estaba fabricada, como la práctica totalidad de las barandillas de las casas de zapateros, con velcro. Lo bueno de estas barandillas era que permitía quitar y poner decoración con facilidad, lo que nos daba un pequeño margen para la imaginación, convirtiéndonos en una especie de privilegiados entre los desgraciados. Lo malo era que a veces se pegaban cosas indeseadas a ella. En la parte derecha, teníamos como decoración unos motivos florares, que eran un puñado de cardos enganchados que habíamos puesto en memoria de nuestro abuelo, que murió en la guerra atragantado con un cardo en la cena de Nochebuena; en la parte central, teníamos varias piezas y herramientas que mi padre utilizaba en su taller de la zapatería, como seña de identidad y orgullo de su oficio; finalmente, el lado izquierdo raramente lo usábamos, porque mi madre vivía obsesionada con la idea de que se pudiera caer la casa si poníamos demasiado peso en la barandilla.

A sólo dos manzanas de nuestra casa, había una gran plaza donde íbamos los niños del barrio a jugar. En uno de sus lados había un bonito edificio de tono pastel, en cuyo primer piso vivía, hasta su caída en desgracia, la familia Riopedre, que eran los propietarios de una fábrica de cerámica. Sus cinco llamativas barandillas eran conocidas en toda la ciudad. La más espectacular era la de la habitación principal. De ella colgaban un escudo de armas – con armas de verdad –, y un botijo del que, si accionaban un botón, podía salir orín de lince como si fuese una fuente. Un día, al salir de misa el señor Riopedre dijo, bajo la atenta mirada de todos los feligreses: «he traído desde Londres, para colocar en una de las barandillas de mi palacio, el retrato original de la Mona Lisa, cuadro pintado por el magnífico Laudrup». Cuando Don Arturo, el maestro, explicó a la asombrada audiencia que eso era imposible, que el cuadro de la Mona Lisa no estaba en Londres, sino en París, y que su autor era Leonardo Da Vinci y no Laudrup, Riopedre perdió toda credibilidad, su empresa se hundió en bolsa y todo el mundo dejó de comprar productos provenientes de sus fábricas. Un año después, la familia Riopedre había vuelto al éxito empresarial después de invertir en clases de pilates, todo el dinero ganado con la venta de sus barandillas.

En la calle de la balaustrada, cerca ya del Ayuntamiento, el dueño de una empresa petrolífera, que era un hombre muy provocador y muy enfrentado con los miembros del MoBa, tenía su barandilla con forma de escalera, incluyendo un pasamanos barnizado con petróleo. Decía que era para demostrar que los del MoBa le tenían miedo y que, pese a que podrían entrar a su casa a través de la escalera del balcón, no se atreverían a hacerlo. El hecho de que no existiese la barandilla, le ayudaba bastante a reafirmarse en sus convicciones.

Con el devenir de los años fueron creciendo las disputas entre las familias más adineradas por describir sus barandillas, cada vez más opulentas y estrafalarias, mientras a los más pobres se les pudrían sus barandillas de cartón cuando llegaban las lluvias otoñales. Inolvidable fue el día en el que el señor Castañeras, poderoso hombre de negocios financieros, aseguró tener una barandilla inversa. O sea, que en lugar de elevarse desde el suelo del balcón, caía desde el tejado del edificio – seis plantas más arriba –, hasta medio metro antes de tocar las baldosas de su balcón. Por si fuera poco, alternaba barrotes de hierro forjado y bañados en oro, con otros de esparto totalmente innecesarios.

Por fortuna, ya han pasado a la historia aquellos tiempos locos de barandillas inventadas en los que me crié, desde que el MoBa revolucionó el mundo tapiando todas las ventanas de las casas. Como profetizó Ashley Walsh: “el burgués llegará a puntos extremadamente absurdos de la creatividad con tal de no permitir a las clases trabajadoras tener la más mínima libertad de imaginación. Pero también llegará el día que el proletariado y todos esos seres marginados, miren sin miedo el precipicio y se nieguen a seguir cayendo”.

Pablo López Camiña



CÁNTICOS JUSTICIEROS

Sus ojos enrojecidos y oscuros se clavan en los míos, un suspiro profundo se escapa de mi pecho y como en un acto de benevolencia debo de recordar aquel lejano día de mi adolescencia en el que decidí dedicarme a esta profesión por un sentimiento vocacional que me conducía a ejercer la justicia, a impartirla con honores e impedir así el sufrimiento y la tragedia de las gentes.

Durante mi extensa carrera como juez, me he sentido muchas veces contrariado. Me he preguntado en qué consiste verdaderamente la justicia. He tenido frente a mí a multitud de acusados y a muchos de ellos les hubiese preguntado no por el delito cometido con sus actos, sino por el delito que cometieron con ellos cuando eran jóvenes, cómo ha sido su vida, quiénes les han lanzado piedras en el camino, quiénes los han apoyado, pero dicen que la justicia debe ser ciega y ejemplar y yo me pregunto hasta dónde llega esa capacidad para lograr abstraerse de los ojos que te miran.

Los cánticos justicieros de un público clamoroso a las puertas de los juzgados me incita a ser implacable con quien tengo frente a mí. Ellos ya han emitido su juicio y yo me siento un simple títere en sus manos que debe acatar sus órdenes. Un juez en manos de la sociedad, tantas veces nos hemos visto los jueces atados por las decisiones de las encolerizadas gentes.

El pueblo hubiese deseado que un jurado popular decidiera la culpabilidad o inocencia de la mujer cabizbaja que tengo frente a mí, pero no ha sido así. Aunque muchos crean que cometió un homicidio, ella nunca quiso infringirle daño alguno a su propio hijo. Las desafortunadas circunstancias de la vida han provocado su muerte y yo debo de juzgar ahora a una madre que ha sido abandonada por la sociedad.

Tenía doce años cuando vi un multitudinario entierro en televisión, aquel día los cánticos justicieros se dirigían contra crueles asesinos que habían lanzado el odio de sus entrañas sobre un grupo de defensores de la libertad. Aquel día supe con certeza quiénes eran los verdugos y quienes las víctimas, un halo de misterio atravesó mi corazón y en ese momento elegí mi futuro. Decidí convertirme en un valedor de la justica, quería defender las causas nobles y enarbolar los valores de libertad, solidaridad y justicia social que habían sido truncados por aquellos criminales.

Los niños siempre se dejan influir por los acontecimientos trascendentales que suceden en la sociedad que les rodea y aquella tragedia que acabó con la vida de cinco jóvenes abogados fue el suceso que más marcó mi espíritu adolescente.

Ese día, todos sabíamos quienes debían ser condenados por tan terrible acto, pero hay veces que no todo se puede dividir tan fácilmente y el culpable puede ser víctima al mismo tiempo. Y eso es lo que veo en estos ojos que ahora me miran.

Está de pie frente a mí, intenta esconder su rostro tras el micrófono. Sus palabras son torpes e inentendibles. No comprende muy bien el idioma en el que le hablo; una intérprete le traduce mis preguntas.

Los cánticos de asesina se van tornado cada día más encolerizados a las puertas de los juzgados. Cerrar las ventanas no impide que dejen de influir en mis pensamientos.

No sé si mirarla como una filicida o como una pobre inmigrante que vino a otro país a buscar un mejor destino para su hijo y la mala suerte se cruzó en su camino.

Su abogado es un joven chaval como yo era hace ya bastantes años. Un chico que no sabe ni cómo comunicarse con aquella a la que defiende. Un novato dirían muchos. No deja de observarme a mí, con su actitud parece pedirme permiso sobre cómo debe de actuar. El Estado lo ha designado para defender a la mujer que me mira con ojos de súplica.

Al otro lado, la fiscal y la acusación particular la miran con ojos inquisitivos. Y yo tengo que decidir como caudillo romano en un circo de gladiadores si esa joven mujer es culpable o inocente. Pero decida lo que decida sé que hay un indefenso bebé que murió de frío a las pocas horas de llegar a la vida. Su madre lo arrancó de su regazo y en la noche lo dejó a su suerte en las puertas de un colegio, tapado con mantas y en una miserable caja de cartón. Pero al mismo tiempo me pregunto que si hubiese querido matar a su hijo lo habría arrojado al caudaloso río que hay cerca del colegio. La acusación particular pertenece a una organización religiosa. Defienden la vida por encima de cualquier situación, cegados por ese ideal no buscan justificaciones a los actos. Yo también debería ser así, completamente ciego, pero ¿verdaderamente hay alguien que pueda creer que los jueces somos inertes a todo lo que sucede alrededor de aquel a quien juzgamos?

Me pregunto si todos aquellos que braman escandalosamente al grito de asesina, le hubiesen abierto la puerta en mitad de la noche a una pobre inmigrante con un bebé en sus brazos. Seguramente yo tampoco lo hubiera hecho y sin embargo me encuentro en esta situación de superioridad juzgando sus actos y decidiendo sobre su futuro.

La mujer que tengo frente a mí, tiene tan solo veinte años. Y yo al mirarla no sé si veo a una niña abandonada por la sociedad o a una mujer fuerte que quiso encontrarle un mejor futuro a su hijo.

Llegó a España en un miserable barco con un niño en sus entrañas, escapó de aquellos que querían devolverla a un país en guerra, un país miserable en el que su vida corría peligro. Vagó durante meses por una ciudad desconocida, una ciudad en la que era invisible. Nadie gritaba por ella, ¡ayúdenla!; sin embargo, ahora sí gritan ¡asesina!

Dio a luz en un viejo portal de madrugada, sin que nadie le asistiera y dejó a su hijo llorando a las puertas de un colegio, pensando que entre niños tendría mejor suerte que con ella. Pero la muerte llamó a aquel indefenso bebé, mientras su madre intentaba curar sus heridas y recuperarse del parto en un solitario descampado. La encontraron a la mañana siguiente con el cuerpo cubierto de sangre y pronto supieron que era la madre del bebé muerto que había aparecido a las puertas de un colegio.

Ahora todos quieren un castigo ejemplar, pero ¿quién debe ser castigado, ella, la sociedad que no le prestó ayuda, el país que la obligó a buscar un destino incierto, yo mismo que debo comportarme ciegamente y no ver que no tengo una culpable y una víctima, sino dos víctimas?

Pido un receso a la sala, pocas veces lo he hecho. Pero esos cánticos justicieros que no dejan de escucharse enturbian mi mente.

Me encierro en mi despacho durante unas horas y pido que los congregados a las puertas de los juzgados sean desalojados. No soporto esa manera de ejercer la justicia tan cruel y absurda.

Siempre fui el niño que intentaba resolver los problemas entre sus compañeros, una especie de juez salomónico que pensaba tener la solución a todo. El triste suceso de los llamados abogados de Atocha fue simplemente el detalle que me hizo tomar consciencia de lo que deseaba ser, un abogado como ellos, defensor de la libertad y la justicia social, pero luego pensé que tal vez si quería tener la última palabra debía de convertirme en juez. Tantos años después me doy cuenta que no todo es tan sencillo, no siempre hay malos y buenos. A veces muchas vidas dependen de tu decisión.

Regreso de nuevo a la sala. Esos ojos oscuros y enrojecidos por las lágrimas vuelven a clavarse en mi corazón. En un juzgado, todos los que se plantan frente a mí, ya sean como acusados o testigos deben ser firmes y convincentes en sus declaraciones y los llantos y las súplicas no sirven de nada, porque yo he de ser ciego a todo. Solo veo la ley ante mí. Fácil teoría para una contradictoria realidad.

Esa joven se ha arrodillado pidiendo clemencia, piensa que todavía vive en ese país de las torturas y la guerra.

Sé que si no le impongo una pena, la deportaran a su país y eso será todavía mayor castigo que ir a la cárcel.

Sin pretenderlo me he convertido en el objetivo de críticas por quienes desean una condena ejemplar. En mis manos está el destino de una joven que no hay que olvidar ha perdido a su hijo por las trágicas consecuencias del maldito destino y la sociedad que juzga con los ojos demasiado vendados.

Le voy a imponer una condena quizás torturadora para sus sentimientos, pero tal vez sea la única forma con la que pueda mitigar su dolor.

Cuidará durante cuatro años en un régimen de semi-internamiento a los niños huérfanos del orfanato regional. En cada niño verá los ojos de su hijo y sabrá que nada ni nadie podrán devolvérselo ya, pero por el contrario les entregará su cariño de madre a otros niños que saben que nada ni nadie les devolverán a sus padres.

Los cánticos justicieros comienzan a bramar contra mí. —Dejar a los niños en manos de una filicida es lo más cruel y aberrante que un juez ha hecho jamás —gritan en los medios de comunicación.

Pero yo quedo pensando en el niño que un día fui y el porqué elegí esta profesión. Porque unos intransigentes asesinos querían borrar las aspiraciones de cambio de un país que estaba comenzando a divisar la luz.

Carmen Galván Bernabé

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